1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar, aunque algunas guardan misterios. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Lo más sorprendente: es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra de las más curiosas dedicatorias es la que aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». Sin embargo, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) aparece: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. De esta forma, quedó perennizada la amistad.
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no ha vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003




* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela suya destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de dicha novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.
En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista fueron publicados antes de La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

1995



Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Crónica: Iquitos

En el inquietante océano verde*




Suelo viajar por avión sin temor, pero la vez que lo hice a Iquitos me entró pánico. Mi recelo aumentó debido a los gritos desesperados de una señora a mi lado, quien, con un rosario, gemía: «Ay, Diosito, se va a caer». La turbulencia, que nos impidió aterrizar por varios minutos, me produjo también escalofríos. Solo di un gran suspiro cuando llegamos al aeropuerto Francisco Secada Vignetta.
Fui invitado por el entusiasta Jaime Vásquez, director del centro cultural Tierra Nueva, institución empeñada en revertir la pobreza cultural de la ciudad más importante de la selva peruana. Gracias a su auspicio, una veintena de autores de la región por fin ha publicado sus libros y una decena de intelectuales limeños hemos viajado a la capital de Loreto para exponer nuestros trabajos.
Cuando le comenté a mi amigo el periodista Valentín Cabrera que presentaría en Iquitos mi libro Entrevistas escogidas a Mario Vargas Llosa, me preguntó: «¿Quién te lo va a presentar? ¿Un mono?». Exagera, claro, aunque es cierto que la actividad literaria allá es escasa. Una muestra es que en toda la ciudad no existe una sola librería respetable. Solo hay locales donde se expenden artículos de oficina o para escolares. Esta alarmante situación se traslada a otras artes. Las salas de cine del lugar, por ejemplo, solo ofrecen filmes comerciales. Hay que prender una vela para que un blockbuster coincida con una película de calidad.
Mientras me acercaba a la ciudad, desde la ventanilla del avión, poco antes de aterrizar, me atrajo poderosamente contemplar el caudaloso Amazonas en medio de la inmensa selva. Por eso, después de instalarme en el hotel, salí a dar un paseo en el malecón Tarapacá, a una cuadra de la Plaza de Armas, para observar el río Itaya, afluente del Amazonas. Fue hermoso pasar aquella tarde, ver ocultarse el sol en el bosque infinito. En esas circunstancias, una idea me golpeaba la cabeza: los peruanos nos sentimos orgullosos de que este imponente río nazca en nuestros Andes, pero no aprovechamos su enorme potencial.
Acerca del nombre del río existe división de opiniones. Para algunos, procede de la creencia de que en la región habitaban feroces guerreras, como en la mitología griega. Para otros, deriva del vocablo indígena amassona, que significa «barco destruido». También sobre su longitud hay discrepancias. Ciertos investigadores aseguran que el Nilo posee 6.695 kilómetros y el Amazonas, 6.275. Otros que el río africano alcanza 6.667 y el sudamericano, 6.762. Un mar de controversias.

Existe, asimismo, la idea de que en Iquitos los zancudos acechan. Nada más falso. También se cree que las loretanas son lujuriosas. En las calles limeñas uno recibe a veces volantes de prostíbulos con el rótulo de «Charapitas ardientes» como si prometieran el paraíso sexual. Es un prejuicio debido a que las iquiteñas visten con breves trajes por el clima tropical. ¿Existe prostitución en esa ciudad amazónica? Claro que sí, como en cualquier lugar.
Este mito, sin duda, fue alimentado por la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, llevada al cine por Francisco Lombardi con igual título en 1999. En la obra, el protagonista apenas llega al hotel desata su libido con su esposa. Tiene el encargo secreto de frenar el ímpetu de las tropas con prostitutas contratadas en secreto por el Ejército, pues las violaciones de los soldados a las jóvenes del lugar se multiplican. El colmo fue sorprender a un cabo haciendo vida marital con una mona. ¿La humedad tibia, el clima tropical y la exuberancia de la naturaleza elevan el apetito sexual? «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», afirma un importante militar en el libro.
Al llegar la noche, quise conocer el complejo deportivo del Colegio Nacional de Iquitos, donde cada fin de semana el conjunto de tecnocumbia Explosión ofrece animadísimos conciertos hasta las cuatro de la madrugada. Así, me confundí entre la multitud, que, llena de alegría, entonaba canciones que jamás había escuchado en Lima. Grupos de jóvenes formaban círculos en torno a una caja de cerveza, levantando sus vasos, gastando bromas o ensayando algunos pasos. Me acerqué a la primera fila para observar a bellas muchachas desplazarse, exageradamente maquilladas, en tangas y largas botas, en sensuales bailes arriba del estrado. Por ahí me percaté de la presencia de algunos turistas extranjeros, aunque ellos frecuentan más la discoteca más prestigiosa: el Noa.
A la mañana siguiente, en un motocarro (en Iquitos medio mundo se moviliza en este vehículo), partí al embarcadero, a un cuarto de hora de la Plaza de Armas. En el camino, descubrí que no existe calle donde no encuentre una palmera. Con una lancha alquilada, recorrí el río Nanay. Así, observé algunos caseríos como el de los boras. Algunas de sus mujeres, desnudas de la cintura para arriba, pedían con gestos que las visitáramos. Sin duda, muchos indígenas viven con tal atraso que se encuentran en la prehistoria. Tan penoso como eso fue ver barcas conducir lentamente cientos de maderas atadas en dirección a los aserraderos. ¿Y las pirañas? «Solo atacan ante la presencia de sangre», me explicaron. Por otro lado, la única anaconda que pude apreciar se hallaba, por fortuna, disecada en el Museo Municipal. Medía 8 metros.
A propósito de alimentos: aunque los platos loretanos nunca me atraparon, puedo recomendar la cecina, carne delgada, salada y seca al sol, que muchos acompañan con tacacho, elaborado con plátano. Una muestra de la abundancia de este fruto es su bajo precio. El pollo a la brasa con plátano, por ejemplo, cuesta cuatro soles y medio. En cambio, con papas fritas vale un sol más. En Belén, curioso barrio constituido por casas de madera sobre el Amazonas, vi que un racimo lo vendían a sol y medio.
La humilde condición de este lugar contrasta con lo que se vivió en la época del caucho (1880-1914), del que aún quedan testimonios arquitectónicos, como la Casa de Fierro. Se dice que este edificio ubicado en la Plaza de Armas fue diseñado por el famoso ingeniero francés Gustave Eiffel, el mismo creador del mayor símbolo parisino. Sin embargo, la construcción más hermosa de aquella época es el antiguo Hotel Palace, de tres pisos, con balcones, adornado en su fachada con azulejos sevillanos. En 1905, durante esa época dorada, la mitad de la población de Iquitos, entonces de diez mil habitantes, era del Viejo Continente, atraída por el exitoso comercio del látex. Aunque muchos de los inversionistas engrosaron sus fortunas, miles de indígenas fallecieron tras arrastrar vidas de esclavos, condiciones infrahumanas, sin la protección del Estado.

La marginación que sufren los loretanos hoy se evidencia hasta en su modo de hablar. Recuerdo que en la universidad una guapa amiga rechazó a un muchacho solo por su dejo charapa. Una estupidez. Pienso como muchos que uno de los factores del atraso económico de esta región es la falta de carreteras que comuniquen Iquitos con otras ciudades. Aparte de la vía aérea, la otra forma de llegar a la capital amazónica es por transporte fluvial, aunque no es tan sencillo: navegar desde el puerto La Hoyada, Pucallpa, uno se tarda cuatro días.
Terminada la visita, camino al aeropuerto, se desató una lluvia torrencial. Empapado, desde el avión, todo se veía oscuro. La selva se aprestaba a dormir.

2005




* Publicado como «En el inquietante océano verde», en el diario Pro & Contra, Iquitos, 22 de abril de 2005, página 8.

9 de enero de 2013

Entrevista a Antonio Cornejo Polar



Entrevista a Antonio Cornejo Polar*

El crítico y maestro universitario Antonio Cornejo Polar retornó brevemente al Perú para continuar su larga relación con las universidades de San Marcos (Lima) y San Agustín (Arequipa) a través de un posgrado y un seminario, respectivamente. También para presentar su nuevo libro, Escribir en el aire (1994). El exrector sanmarquino es hoy profesor en la Universidad de Berkeley.
Usted vive hace cinco años en Estados Unidos, donde es profesor en Berkeley. ¿Ha encontrado algún interés creciente por la literatura de América Latina en las universidades estadounidenses?
—Sí, hay un interés creciente, pero muy variable. En estados de gran presencia hispana como California, Nueva York o Florida es mayor. Pero, en todo caso, en casi todas las universidades hay departamentos con un nivel bastante alto para el estudio de la literatura de América Latina. Y los estudiantes buscan tanto aprender español como especializarse en nuestras letras.
Aparte de su caso, hay otros críticos peruanos como Julio Ortega, José Miguel Oviedo, Edgar O’Hara, Peter Elmore, etcétera, que enseñan en universidades de Estados Unidos. ¿A qué se debe esta presencia importante?
—No lo es tanto en comparación con los cubanos y argentinos. Pero, ciertamente, ha aumentado en los últimos años. Tiene que ver —me parece— con la situación económica de la universidad. Un profesor difícilmente puede vivir con lo que paga la universidad, especialmente estatal. Además, hay algo más preocupante: la crisis ha hecho que la infraestructura cultural se haya deteriorado mucho. Nuestras bibliotecas están muy descuidadas, lo mismo que las hemerotecas y archivos. Todo lo contrario de las universidades estadounidenses. Si esta miseria se siente en humanidades, cómo será en el campo de las ciencias.
Como rector de San Marcos, usted tuvo una gestión muy difícil. ¿Qué imagen tiene actualmente de la universidad nacional?
—Sigo pensando no solo que tiene futuro, sino que es absolutamente necesaria para mantener una democratización en el campo de la cultura y del saber. El gran problema es que se vive un marcado declive en los niveles académicos. Me parece una injusticia que a los estudiantes de universidades estatales se les ofrezca solo una educación mediana. Sin embargo, volviendo a San Marcos, hay mayor orden y puntualidad en los cursos.
Centrándonos en la crítica literaria, ¿no le parece que hay elementos que todavía perviven y que en otras partes han desaparecido?, ¿no observa cierto atraso en nuestro país?
—Creo que en todo el mundo la crítica literaria, como cualquier otra disciplina, tiene un desarrollo desigual, con grupos que están un poco fuera del tiempo. En nuestro país todavía se encuentra, por ejemplo, un cierto historicismo positivista, un cierto intuicionismo más estético que crítico, un impresionismo que no esclarece los verdaderos problemas de la literatura. Pero, al mismo tiempo, se encuentra gente que está muy al día.
¿Cree usted que hay una tradición crítica literaria en el Perú y, de ser así, quiénes representarían los puntos más elevados de ella?
—Uno de los problemas que tenemos es que somos poco propensos a instalarnos dentro de una tradición. Cada quien quiere comenzar una. Hay un gesto un poco adánico. A mi modo de ver, sí hay una tradición, y muy valiosa pero mal conocida. Los estudios literarios en el Perú se pueden rastrear inclusive desde la época colonial. No hay que olvidar que es en nuestro país donde se escriben las dos grandes poéticas de la época colonial: El discurso en loor de la poesía (1608) y El apologético en defensa de Góngora (1662), textos claves para el desarrollo del pensamiento crítico en América Latina. Y, ya en términos modernos, hay una tradición crítica que tiene una de sus grandes realizaciones en Mariátegui y, por otro lado, en la vastísima obra de Luis Alberto Sánchez. Y luego hay especialistas que han ido sumándose a esta corriente: Tamayo Vargas, Tauro del Pino, Aurelio Miró Quesada, Estuardo Núñez, etcétera.
¿Cuáles fueron los libros guías de sus inicios? ¿Recuerda qué textos lo formaron o fueron fundamentales para su desarrollo como crítico?
—Inicialmente fui filólogo, y esta especialidad me puso en contacto, en la década de 1960, con la estilística. Era el momento en que se difundía, en habla española, textos claves de la estilística alemana, como los de Vossler o Leo Spitzer. Y al mismo tiempo los de sus seguidores en el campo español, como Dámaso y Amado Alonso, etcétera.
Mi primera formación fue de este tipo, pero al mismo tiempo tuve siempre gran curiosidad por aspectos, si se quiere, poco teóricos de la literatura. Recuerdo que en la década de 1960 me impactó mucho Mímesis (1946), de Erich Auerbach, libro sobre la representación de la realidad en literatura. Un clásico que me sigue siendo útil hasta hoy.
En la década de 1960 hubo en Europa el boom de la literatura de América Latina, especialmente de la novela. ¿No le parece que esta promoción no estuvo acompañada de un aparato crítico a su altura?
—Sí, yo mismo he suscrito esa opinión. Cuando, en la década de 1960, vemos esa espléndida explosión de creatividad, que no solo se dio en la novela sino también en la poesía, en el cine y en el teatro de creación colectiva, los críticos fuimos tomados por sorpresa. Los materiales de ese momento no nos servían para dar razón de ese tipo de literatura, me refiero a la estilística y a la crítica fenomenológica.
Ninguna de las dos era suficiente para leer textos como Rayuela (1963) o Cien años de soledad (1967) o los poemas de Ernesto Cardenal. De manera que sí hubo cierto desfase. Pero en la década siguiente, al promediar la década de 1970, se dio una renovación fundamental. Creo que el gran crítico literario de América Latina fue Ángel Rama, quien me parece el sucesor de Pedro Henríquez Ureña y encarnó un momento muy lúcido del pensamiento crítico del continente. Y hoy ha surgido una corriente de renovación sustancial, con trabajos como los de Martín Lienhard, Rolena Adorno, Walter Mignolo, Julio Ramos, etcétera.
Centrándonos en un autor del boom, Mario Vargas Llosa, ¿qué opinión tiene acerca del comentario que da sobre usted en El pez en el agua (1993), llamándolo «ejemplo viviente de cómo se progresa en la vida académica manteniendo las correctas opciones políticas en los momentos correctos»?
—La verdad es que trato de no hablar sobre lo que Mario Vargas Llosa dice de mí en ese libro. Me resulta intolerable por varias razones. En primer lugar, me molesta que ponga entre comillas cosas que nunca dije. Cualquiera sabe que las comillas se usan para citar algo que se dijo o escribió, jamás dije lo que me atribuye. En segundo término, me preocupa que, en nombre de una concepción según él muy democrática y liberal, decida sobre la vida de los demás y establezca una supuesta división entre buenos y malos, que a la larga no es sino una entre los que son sus amigos y los que no lo son.
De modo que para mí el exabrupto de Mario Vargas Llosa no tiene importancia. Que le parezca mal que yo viva en Estados Unidos siendo un profesor progresista es bastante absurdo. En las universidades de Estados Unidos también hay gente progresista, y muy radical a veces. Es como si se acusara a Mario Vargas Llosa —y nadie ha tenido felizmente esa insensatez— de haber vivido, trabajado y publicado en España de Franco cuando era progresista. Finalmente, los juicios de su libro me parecen más hepáticos que intelectuales.
Usted ha desaprobado su posición ideológica en las novelas La guerra del fin del mundo (1981) e Historia de Mayta (1984).
—Mi estudio sobre La guerra del fin del mundo comienza por reconocer que es una gran novela. La observación que realizo es que su visión de la historia me parece profundamente escéptica. Se tiene la impresión de que la historia no es más que una trágica secuencia de equivocaciones y de que nadie sabe ni puede conocer las intenciones del otro. Todo proceso histórico, en consecuencia, es arbitrario y no tiene, en el fondo, ningún sentido. Pero mi comentario más fuerte no fue a esa obra sino a Historia de Mayta, que fue juzgada desde una óptica más política. Tal vez eso provocó la reacción hepática en Vargas Llosa.
Hay, en los últimos años, un alejamiento por parte de los críticos en centrarse en el estudio del texto. Algunos emplean el análisis de una obra como pretexto para promover opciones políticas.
—Hay, efectivamente, un problema. Sin embargo, en términos más generales, ocurre más bien que los contenidos políticos más explícitos han ido desapareciendo o diluyéndose en la crítica actual. En cambio, lo que sí me parece interesante es que hay una voluntad de asociar la literatura a todo discurso cultural. Es decir, se está trabajando más allá del texto. Esto es novedoso. Poder leer otras cosas: acontecimientos, planos de ciudad, formas de vida urbana o vida rural e incorporar todo ese material dentro de los estudios literarios. Tengo la impresión de que cada vez más la crítica literaria queda como envuelta en lo que precisamente se llama crítica cultural, y me parece muy excitante.
Hay una opinión que exige al crítico tener un vasto conocimiento, saber de toros para hablar de Fiesta (1926) o de Bolívar para tratar El general en su laberinto (1989). El crítico como sabelotodo sería el ideal.
—Eso es imposible. Pero, probablemente, el creador tenga un conocimiento aún más vasto y más intenso de la existencia humana en general. Los críticos debemos tener, en primer lugar, una buena y actualizada formación en nuestra propia disciplina: lo que incluye manejar, según el tema que estemos tratando, un número considerable de métodos de crítica literaria para aplicar. Pero, justamente, esta relación de la crítica con los estudios culturales hace que inevitablemente estemos cada vez más interesados en disciplinas más o menos cercanas. Me refiero a la antropología o a la sociología, que ahora forman parte del fondo del conocimiento que un crítico debe tener.
¿Cómo observa el desarrollo creador después del boom? ¿Piensa tal vez que haya una gran dispersión?
—Sí la hay. Pero tengo la impresión de que en América Latina hubo razones que nada tienen que ver con la literatura, sino con su historia. Hubo hechos que llamaron la atención del mundo en las décadas de 1960 y 1970: la Revolución cubana, el régimen de Allende, la barbarie de las dictaduras. Esos hechos pusieron al continente en primera línea y coincidieron con lo que llamé hace un rato «espléndida explosión de creatividad».
De suerte que, efectivamente, disponíamos de una literatura de un nivel excepcionalmente alto y atractivo para un lector de cualquier nacionalidad. Sé que ahora hay una especie de disgregación. Es un poco como si hubiésemos vuelto al periodo anterior, pues, pese a una gran intercomunicación internacional, esta no se refleja entre los países de América Latina. Por ejemplo, si alguien se pregunta qué hay en Colombia después de Gabriel García Márquez, probablemente tenga ideas muy parciales. Se ha roto el sistema de comunicación de las décadas de 1960 y 1970, pero eso nada tiene que ver con la calidad literaria. Hoy en todos los géneros y todos los países del continente hay una creatividad muy intensa.
Como se sabe, la mayoría de intelectuales del continente tiene una tendencia progresista. Pero ¿encuentra actualmente un avance del pensamiento neoliberal en la crítica literaria?
—En cierto sentido, sí, aunque más que de pensamiento neoliberal yo hablaría de conservador. Hay una crítica que se basa en conceptos que, de una u otra manera, tienen su anclaje en esa concepción del mundo que posee como horizonte ideológico el neoliberalismo. Ahora, en el fondo, la crítica literaria nunca ha sido un movimiento homogéneo, nunca fue toda ella progresista o toda conservadora. Y esto tal vez sea más beneficioso.
¿Es este el conflicto que plantea en Escribir sobre el aire? ¿A grandes rasgos, está mostrando las contradicciones que existen en esta parte del continente?
—Efectivamente. Este libro lo he venido trabajando seis años y trata de desarrollar una categoría que empleo desde la década de 1970. Es la categoría de la heterogeneidad en la literatura de América Latina, cruzada de contradicciones de tipo étnico, lingüístico, histórico, etcétera. En él lo que intento es detectar los puntos de mayor conflicto en las literaturas del Perú, Bolivia y Ecuador.
La primera parte, que me costó gran trabajo, presenta el problema de la oralidad y la escritura en América Latina y cómo se relacionan estas tecnologías comunicativas. Para ello parto del choque entre Valverde y Atahualpa en Cajamarca (leyendo el acontecimiento como si fuera literatura), pero también trato todos los esfuerzos que se han hecho, desde Garcilaso hasta hoy, por construir imágenes heterogéneas de nuestra literatura.
La segunda parte del libro, en cambio, intenta ver cómo esos discursos que tratan de dar una imagen coherente, unitaria de América Latina terminan negándose y mostrando el grado de conflictividad que tiene nuestra literatura. Finalmente, el libro trata de la heterogeneidad y de los conflictos en relación con el problema de la modernización. No es muy extenso, pues solo he tomado determinados momentos de esta larguísima historia.
Para terminar, una observación: desde la aparición de Bryce, hace más de dos decenios, no ha surgido un autor peruano que tenga presencia internacional, pese a la visión optimista que hay de nuestras letras. ¿Qué perspectivas le ve a nuestra creación literaria?
—Ya hemos hablado de la dificultad de las literaturas nacionales para atravesar fronteras. Pero, aparte de esto, hay un cierto desinterés internacional por la literatura de América Latina que hace difícil que se repitan casos de consagración. Bryce sería el último, pero eso no quita que, para quedarnos en la novela, no exista una consistente e importante creación literaria en el Perú. Citaré, a riesgo de ser arbitrario, solo Patíbulo para un caballo (1989), de Cronwell Jara; La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez; y País de Jauja (1993), de Edgardo Rivera Martínez. Creo que son novelas de altísima calidad y que es solo fruto de las circunstancias el hecho de que no hayan tenido resonancia internacional.


* Publicado como «Nos conocemos mal», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 18 de setiembre de 1994, páginas 25-27.

Entrevista a Libido



Entrevista a Libido (2001)*

Con sus letras dedicadas al amor no correspondido como carnada, la exitosa banda nacional Libido se alista para iniciar en julio una gira por Colombia, Venezuela y Estados Unidos.

*
Fue un golpe de suerte. Andaban en busca de una modelo esbelta, rubia y alta que llenara la habitación con su belleza para promocionar el primer sencillo de su disco Hembra. Se toparon con la ideal, una joven sueca que estaba de paso por Lima.
Nadie recuerda a qué se dedica en su país, de seguro que en su lejana tierra es una desconocida y acaso trabaje en un oficio menor, pero fue la elegida para participar en el videoclip de «En esta habitación», filmado en cine por el director argentino Picky Talarico y que ya es visto en toda América Latina gracias a la difusión de la cadena MTV, que lo ubica en los primeros lugares del ranking.
Después de varias postergaciones, al fin pudimos entrevistar a los integrantes de Libido: Antonio Jáuregui (Toño), Manuel Hidalgo (Manolo), Jeffry Fischman y Salim Vera.
En su oficina de Miraflores, rodeados de instrumentos musicales, en un alto de sus ensayos, conversamos acerca de la breve pero ascendente carrera de esta banda de rock nacional.
«A Salim lo conozco desde la adolescencia. Con Manolo somos primos», nos cuenta Toño, el bajista, uno de los compositores y líder del grupo. «Con Jeffry somos ‘patas’ desde la pre-Lima».
Antonio Jáuregui se recuerda trotando por su barrio de la plaza Italia, cargado de sueños por ser músico de rock. Con los susodichos se reunía de vez en cuando para tocar canciones de Nirvana, Radiohead y Oasis.
Cuando vieron las cosas más en serio, en 1996, ensayaron temas propios en la casa de Jeffry, donde se quedaban hasta las tres de la mañana arrancando notas a los instrumentos. Por las innumerables molestias, y a manera de gratitud, dedicaron el primer disco a los padres del baterista.

El despegue. El primer disco, que lleva el nombre de la banda, se editó en 1998. De ese álbum destaca el tema acústico «Sed», un poema de Julio Burjis llevado a la canción. ¿Quién es este autor desconocido? «Es un amigo mío que conocí en la universidad. Escribe mucho, pero es inédito todavía. Ahora vive en el extranjero. ‘Sed’, uno de los poemas que me leía, me pareció ideal para ser llevado a la canción».
Ese tema, por el deseo de beber sangre, parece propio del conde Drácula. Por otro lado, al protagonista de esta canción le encanta la dependencia. «Quiero seguir en este infierno», dice un verso.
«Expresa un sentimiento exagerado por alguien», afirma Manolo, la primera guitarra. «A veces uno se enamora tanto que está dispuesto a aceptar todo por seguir con una persona que le hace daño».
En «Como un perro», el segundo sencillo, hay un reproche a la mujer, un reclamo a la reciprocidad, a la equidad de trato y a ser correspondido. ¿Tiene que ver con la vida del compositor?
«A veces uno siente que la mujer predomina un poco. Esto nos ocurre a la mayoría de quienes llevamos una relación amorosa. Por eso la gente se identificó mucho con esta canción», confiesa Toño.
Jeffry cree que las mujeres pueden compartir también los sentimientos del protagonista de esta canción. «No nos limitamos, hablamos en general del ser humano», dice el baterista.

Hembra. ¿Por qué la primera canción del segundo disco se titula «Tres», cuando se trata de una relación de dos personas y el tema que aborda es el arrepentimiento?
«Los títulos de las canciones», responde Manolo, «no siempre van con lo que dice la letra. En este caso pusimos ‘Tres’ porque ese número es la base del tiempo de la canción».
«El nombre es un juego», agrega Jeffry, y continúa: «Algunos lo relacionan con un triángulo amoroso». Manolo ríe: «Ayer alguien me dijo que tiene que ver con el tiempo: tres años después te sigues sintiendo igual».
«Para nosotros», revela Jeffry, «es muy importante que cada persona interprete a su manera las canciones. No nos gusta hacer una sola valoración y que esa sea la verdadera». Manolo: «Nos damos cuenta de que mientras más subjetivo uno es, más interpretaciones tiene la gente».
La canción más escuchada del disco, «En esta habitación», ocupó los primeros lugares en las radioemisoras en el ranking de fin de año. Este tema subraya la soledad por la ausencia de una mujer, una constante en los temas del grupo.
«Es curioso», opina Jeffry, «a los tres compositores —Toño, Manolo y yo— nos debe pasar lo mismo». Le pregunto a Salim por qué no compone, pues me sorprende que un cantante de rock no lo haga. «No compongo, es verdad —responde—, pero escribo narraciones a manera de diario que no tengo intención de publicarlas. No quiere decir que más adelante no componga. Espero el momento».
En la balada «No voy a verte más», que rota en las radios por estos días, se aborda también la separación, pero con cierta resignación. «Ya no lucho por tu amor», dice en determinado pasaje.
Toño responde que el protagonista de esta canción perdió toda esperanza de conquistar a la que fue su pareja. «Nosotros, los peruanos, somos muy sufridos, nos gusta ese tipo de canciones donde las parejas se separan, se acabó el amor y no hay esperanza».
Estos jóvenes que promedian los 25 años ya incursionan en otros mercados: Hembra (Sony, 2000), segundo álbum de la banda, se editó a comienzos de año en Argentina, hace un mes apareció en Chile, Venezuela, Colombia y Centroamérica, y en julio saldrá a la venta en México y Estados Unidos.
Es momento de continuar con los ensayos. Me pongo de pie y me despido. Al salir de la oficina pienso en el lejano mar Báltico. Mientras desde México hasta Argentina «En esta habitación» rota sin cesar, la bella sueca de ojos de merluza recuerde acaso que cierto día grabó un videoclip en una grisácea ciudad del Pacífico Sur.

* Publicado como «Los peruanos somos muy sufridos», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2001, página 27. Esta no es precisamente una entrevista, sino una crónica.

Entrevista a Francisco Lombardi



Entrevista a Francisco Lombardi (2003)*

En las oficinas de la productora Inca Cine todo es movimiento. El entusiasmo es grande por el reciente estreno de Ojos que no ven, duodécimo largometraje de Francisco Lombardi, el más importante director de cine del Perú. Me reuní con él entre tanto ajetreo.
Mis colegas aseguran que eres una persona difícil de entrevistar. Sobre todo por ser parco y reservado, pero también por ser un tanto inaccesible. ¿Has tenido problemas con los periodistas?
—No es eso, sino que con los años cada vez tomo más conciencia de que no tengo cosas interesantes que decir. Para ofrecer conceptos que no aportan mucho, prefiero dar respuestas cortas o evitar un poco a los periodistas. No me interesa la publicidad personal. Solo doy entrevistas cuando estreno una película mía. Decido mantenerme al margen, además, por una cuestión de respeto a mi privacidad.
A algunos directores de cine, como al francés Jean-Luc Godard, de la emblemática revista Cahiers du Cinéma, les fue útil escribir sobre películas. En tus inicios fungiste de crítico. Colaborabas para el diario Correo y para la revista Hablemos de Cine, de 1969 a 1973, pero luego dejaste esa labor. ¿En qué medida te ayudó comentar películas?
—Escribir sobre películas implica un interés por el cine, además de un acercamiento y un consumo continuos. Asimismo, lo obliga a uno a desarrollar conceptos y a entender las películas más allá de lo que puede hacerlo un simple espectador, a reflexionar sobre ellas y a tratar de analizar un poco todos los detalles. No era un consumidor sencillo, sino especializado. En ese sentido, me acercó con mayor rigor al mundo cinematográfico. Eso me dio una disciplina.
Has llevado al cine dos novelas de Mario Vargas Llosa con bastante acogida: La ciudad y los perros, en 1985, y Pantaleón y las visitadoras, en 1999. ¿Es tu autor peruano predilecto? ¿Te gustaría adaptar otra obra suya a la pantalla grande?
—Además de ser mi narrador peruano predilecto, Mario Vargas Llosa ejerció una enorme influencia para mí desde una perspectiva formativa. La lectura de La ciudad y los perros, cuando estaba en el colegio, me permitió descubrir un universo: me despertó la inquietud por la lectura y la escritura. Sin embargo, prefiero crear películas con guiones originales, historias que se nos ocurren a mí y a mi guionista, aunque los proyectos personales, a veces, no logran financiación. La adaptación de una novela, en ese sentido, interesa tal vez más a un productor por ser más comercial.
¿Por qué dejaste de escribir guiones? Muerte al amanecer (1977) lo creaste con el periodista Guillermo Thorndike y Muerte de un magnate (1980) con el también director Augusto Tamayo San Román, pero no continuaste en este oficio. Además eres autor del guion del estupendo cortometraje «Los amigos».
—Aunque no parezca, participo mucho en los guiones. Por lo general, la idea original de la historia es mía, la cual se la comento a mi guionista y empezamos a dar consistencia al texto. Luego hay un seguimiento bastante cercano. Cada dos o tres días Giovanna Pollarolo, mi guionista, me muestra sus textos, discutimos y hacemos algunos cambios. Por otro lado, durante el rodaje, el trabajo con los actores muchas veces me lleva a otros caminos. Sin embargo, no me agrada aparecer como coguionista para no tener una presencia protagónica: es suficiente con que aparezca mi nombre como autor general. Además, una película es el resultado de una colaboración colectiva.
Tus críticos aseguran que las mujeres no destacan en tus filmes, pese a ser protagonistas en Maruja en el infierno (1983) o en Pantaleón y las visitadoras (1999). ¿Consideras que has descuidado este aspecto?
—En realidad, he trabajado poco el universo femenino. Tal vez tenga cierta inhibición en explorar con mayor profundidad en un terreno que es atrayente, sorprendente y —debo confesarlo— desconocido para mí en cierta forma.
Gustavo Bueno es tu actor-fetiche. Participa en varios filmes tuyos: Tinta roja (2000), Caídos del cielo (1990), Ojos que no ven (2002). En especial de militar: es teniente en La ciudad y los perros (1985) y en La boca del lobo (1988) y coronel en Pantaleón y las visitadoras (1999). ¿Cómo describes su participación en tus películas?
—He trabajado mucho con Gustavo Bueno porque es un actor extraordinario. Ha creado grandes personajes. Además, tiene carisma, parece que hubiera sido tocado por una varita mágica. Se comunica de una manera muy particular con la cámara: sus movimientos no pasan inadvertidos. Por otro lado, es muy interesante su transformación: su interpretación del teniente Gamboa, en La ciudad y los perros, es muy diferente a la del doctor Arturo Peñaflor, en Ojos que no ven.
Giovanna Pollarolo es guionista de todos tus filmes a partir de La boca del lobo (1988), excepto de Sin compasión (1994) y Bajo la piel (1996). Con ella compartes el lugar de nacimiento, Tacna, y el origen, ambos tienen ascendencia italiana; pero, además, estuvieron casados algunos años. ¿De qué manera enriquece ella tu trabajo?
—Giovanna y yo nos conocimos a los 20 años. Hemos vivido juntos muchas cosas; además, hemos compartido lecturas y películas. Por otro lado, tenemos un universo de gustos muy parecidos. Su trabajo como guionista ha evolucionado a tal punto que hoy es la mejor en su campo. Nos toleramos durante las tensiones naturales que produce una creación en conjunto. Es, sin duda, mi colaboradora principal. Asimismo, es una gran lectora y una poeta reconocida.
La boca del lobo motivó una reflexión acerca del enfrentamiento al terrorismo. ¿Qué pretendes con Ojos que no ven, tu más reciente filme?
—A Giovanna y a mí nos interesó mucho el tema de los vladivideos desde el inicio. Creíamos que eso expresaba algo más profundo. Por otro lado, me importaba la estructura de las historias múltiples y simultáneas, como en mi película Caídos del cielo. Claro, hay una pretensión de conocer lo que somos y en lo que nos estamos convirtiendo en la sociedad limeña tras los diez años de dictadura.
Hace unos días, la cadena de televisión CNN informó acerca de la presentación del filme para la prensa, en el que daba énfasis a los vladivideos. ¿Te incomoda que se hable más del tema que trata tu película que del universo de ficción que ofrece?
—Me incomoda que se le preste más importancia al tema de los vladivideos, aunque esto era de preverse. En un filme lo más importante es el universo de la ficción. Las coyunturas son transitorias. Espero que Ojos que no ven sea recordada como película, no como una radiografía documental.

* Publicado como «Ojos que sí ven», en el diario El Peruano, Lima, 19 de febrero de 2003, páginas 12-13.

Entrevista a Fernando de Szyszlo



Entrevista a Fernando de Szyszlo (2003)*

Seis décadas de intensa búsqueda sin lograr el cuadro perfecto. Fernando de Szyszlo, a los 78 años, cree que pinta mejor que antes, pero no llega a la calidad deseada. Lo dice quien ha expuesto en las más prestigiosas galerías del mundo.
Esta obsesión lo llevó un día a retocar un óleo que había pintado hace muchos años. Cuando se lo devolvió a su dueño, este quedó desconsolado. «¡Qué barbaridad, qué hiciste con mi cuadro!», le reclamó al pintor. Szyszlo me cuenta esta anécdota entre carcajadas, en la sala de su domicilio de San Isidro.
Unos días antes de que lo visitara, había recibido una copia de Esta pared no es medianera (1952), toda una rareza: un cortometraje de veinte minutos en blanco y negro que dirigió en un momento de inspiración surrealista. Se lo mandó un amigo desde España, pero aún no la puede volver a ver, pues se encuentra en otro sistema.
La sala, el taller y la biblioteca de su amplia casa fueron escenarios de una conversación realizada poco antes de viajar a Montevideo, ciudad que ofrecerá pronto una retrospectiva de su obra.
En 1976, cuando se inauguró una retrospectiva en Petroperú, 25 años después de su primera exposición, se calculó que usted había pintado aproximadamente 1.500 cuadros. En la actualidad, ¿a cuánto llega su producción?
—Es muy difícil de calcular. Imagino que llega a más de 2.500. Ahora, no sé dónde están. Solo tengo unos cuantos cuadros de todas las épocas, no más de 45, que son los que exhibí en París recientemente en una retrospectiva y que en febrero se expondrán en Roma. La mayor cantidad de mis cuadros lo poseía el arquitecto Luis Miró Quesada Garland, pero después de fallecer su colección se ha dispersado entre sus familiares.
Como el pintor impresionista francés Paul Cézanne, considera que solo persigue un cuadro. ¿Cuál de sus obras se aproxima a esta búsqueda?
—Todos mis cuadros, a pesar de ser distintos, persiguen la obra que pinto dentro. La obra de un pintor es la suma de todas las derrotas. Es una carrera que no tiene fin. Por otro lado, siento que hoy trabajo cuadros que hace treinta años me hubieran hecho sentir orgulloso.
El grabado y la escultura son géneros que margina en comparación con la pintura. ¿Por qué le resta importancia a sus otras expresiones artísticas?
—Es cuestión de temperamento. Mi vocación es la de pintor, es decir, busco el color, la luz y la sombra en una superficie de dos dimensiones. En el grabado y la escultura no invento nada, solo aprovecho los frutos de mi búsqueda en pintura, del alfabeto de formas que he desarrollado con el tiempo. En la década de 1960 empecé a vislumbrarlo y se ha ido enriqueciendo.
La cultura que más admira del periodo precolombino es la Chancay, que floreció 60 kilómetros al noroeste de la ciudad de Lima en el siglo XIV. ¿Qué valora del arte que produjo esta cultura?
—Es una cultura muy compleja. Creados con técnicas muy elementales, su cerámica y sus tejidos me encantan por ser primitivos, ingenuos y poéticos. En la zona arqueológica de Chancay también hay huacos sin ningún alarde técnico y telas sofisticadísimas de la época Wari. Algunas de estas cosas seguramente me han influido, como lo ha hecho la pintura de Rembrandt.
Siempre ha subrayado su deuda con el español Pablo Picasso y con el mexicano Rufino Tamayo. ¿De qué manera estos importantes pintores influenciaron en su obra?
—Cuando comencé a pintar, a los 18 años, Picasso me abrió las puertas de las conquistas del arte moderno. Tamayo fue más importante para mí por enseñarme que el arte moderno puede expresar, en un lenguaje muy libre, aspectos muy vinculados al sitio de donde proviene, a sus circunstancias. Es el primer pintor que hizo toda esa amalgama de arte moderno y arte precolombino mexicano.
Ha sido muy crítico con el movimiento indigenista. Decía que detrás de un varayoc y vestidos andinos no había nada. Luego afirmó que José Sabogal, su máximo representante, es el fundador de la pintura moderna en el Perú, pues no intenta ser descriptivo. ¿Se reconcilió con este grupo de pintores?
—Fui muy amigo de todos ellos, en especial de José Sabogal. Las afirmaciones que mencionas parecen contrarias, pero no lo son. Es un error pensar que un cuadro sea más peruano por tener motivos andinos. Por otro lado, la irrupción del movimiento indigenista fue muy importante, porque la pintura que se hacía en el Perú era académica, mal copiada de lo que se producía en Europa. El grupo que presidía Sabogal surgió contra eso, con una pintura que no era descriptiva sino que trataba de expresar el sentimiento frente al paisaje peruano, frente al habitante peruano. Que algunos confundieran tema con contenido es otra cosa; pero ellos hicieron una labor muy importante.
Las obras de Gerardo Chávez, Ramiro Llona, Carlos Revilla, Venancio Shinki y las suyas cuestan de 15 mil a 50 mil dólares. ¿Qué opina de estos colegas suyos?
—Todos son muy interesantes y pertenecen a diversas tendencias: surrealistas, neorrománticos, abstractos. Si algo caracteriza a la pintura de fines del siglo XX e inicios del XXI es su eclecticismo, es decir, no hay una corriente que domine. Aunque nuestras obras cuestan teóricamente ese precio, en momentos de crisis no valen nada. No hay quien las compre. Además, vender no tiene nada que ver con la calidad de la pintura. Hay cuadros que se venden a unos precios fabulosos, pero yo no daría ni 100 dólares por ellos. Tener éxito no quiere decir nada. La pintura es un lenguaje complicado que a veces la gente tarda en comprender.
Su padre, el científico polaco Vitold de Szyszlo, sintió una gran desilusión cuando usted abandonó la carrera de Arquitectura por seguir Artes Plásticas, porque pensaba que los pintores eran borrachos con dificultades económicas. Por un momento le dio la razón. Usted reconoce que tuvo una vida desordenada en Lima de 1944 a 1949 y que pasó hambre en París, incluso llegó a deber seis meses en el hotel donde se alojaba. ¿Llegó a pensar su padre que la pintura era lo mejor que había elegido?
—Mi padre murió en 1965, cuando yo ya vivía de mi pintura. Era un polaco muy distante. Creo que se dio cuenta de que yo había encontrado mi camino. Como a todo padre, le preocupaba que tuviera de qué vivir, pero desde 1962 comienzo a vender un poco. La vida desordenada es natural cuando uno tiene 20 años. En todo caso, fue bastante divertido acostarse a las cuatro de la mañana. En mi casa, teníamos el ejemplo de Abraham Valdelomar, hermano de mi madre. Comprendían que yo tuviera una vocación no muy convencional.
Usted es un artista muy identificado con la defensa de la democracia. Sin embargo, apoyó al gobierno del general Juan Velasco Alvarado en algunos aspectos como la Reforma Agraria. ¿Por qué respaldó un régimen dictatorial?
—Lo apoyé porque pensé que esa revolución modernizaría el país, pero inmediatamente me desilusioné. Por otro lado, el gobierno de Velasco Alvarado difundió la cultura de una forma muy populachera. Puso todo el acento en el arte popular, que es maravilloso y me encanta, pero cometió la tontería de mezclar una cosa con la otra. Aseguró que el arte popular sí era del pueblo y el otro era de la élite, cuando ambos son dos mundos apartes.
En 1987 redactó un manifiesto con su amigo Mario Vargas Llosa en contra de la estatización de la banca. Luego fundó el Movimiento Libertad. Sin embargo, la derecha tampoco lo quiere por su ateísmo y ser partidario del aborto. ¿Cómo se define en política?
—Soy un liberal. Pertenezco a eso que el escritor estadounidense Henry David Thoreau llamaba la mayoría de uno. Es decir, soy completamente independiente. Quiero ser moderno en el sentido de que no acepto las supersticiones o las manifestaciones de una manera de pensar obsoletas. Las mujeres tienen el derecho de decidir cuándo tienen un niño. Creo que la democracia —como decía Winston Churchill— es el peor sistema de gobierno, pero no hay uno mejor.


* Publicado como «Una búsqueda infinita», en el diario El Peruano, Lima, 5 de setiembre de 2003, páginas 12-13.