1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar, aunque algunas guardan misterios. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Lo más sorprendente: es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra de las más curiosas dedicatorias es la que aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». Sin embargo, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) aparece: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. De esta forma, quedó perennizada la amistad.
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no ha vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003




* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela suya destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de dicha novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.
En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista fueron publicados antes de La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

1995



Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Crónica: Iquitos

En el inquietante océano verde*




Suelo viajar por avión sin temor, pero la vez que lo hice a Iquitos me entró pánico. Mi recelo aumentó debido a los gritos desesperados de una señora a mi lado, quien, con un rosario, gemía: «Ay, Diosito, se va a caer». La turbulencia, que nos impidió aterrizar por varios minutos, me produjo también escalofríos. Solo di un gran suspiro cuando llegamos al aeropuerto Francisco Secada Vignetta.
Fui invitado por el entusiasta Jaime Vásquez, director del centro cultural Tierra Nueva, institución empeñada en revertir la pobreza cultural de la ciudad más importante de la selva peruana. Gracias a su auspicio, una veintena de autores de la región por fin ha publicado sus libros y una decena de intelectuales limeños hemos viajado a la capital de Loreto para exponer nuestros trabajos.
Cuando le comenté a mi amigo el periodista Valentín Cabrera que presentaría en Iquitos mi libro Entrevistas escogidas a Mario Vargas Llosa, me preguntó: «¿Quién te lo va a presentar? ¿Un mono?». Exagera, claro, aunque es cierto que la actividad literaria allá es escasa. Una muestra es que en toda la ciudad no existe una sola librería respetable. Solo hay locales donde se expenden artículos de oficina o para escolares. Esta alarmante situación se traslada a otras artes. Las salas de cine del lugar, por ejemplo, solo ofrecen filmes comerciales. Hay que prender una vela para que un blockbuster coincida con una película de calidad.
Mientras me acercaba a la ciudad, desde la ventanilla del avión, poco antes de aterrizar, me atrajo poderosamente contemplar el caudaloso Amazonas en medio de la inmensa selva. Por eso, después de instalarme en el hotel, salí a dar un paseo en el malecón Tarapacá, a una cuadra de la Plaza de Armas, para observar el río Itaya, afluente del Amazonas. Fue hermoso pasar aquella tarde, ver ocultarse el sol en el bosque infinito. En esas circunstancias, una idea me golpeaba la cabeza: los peruanos nos sentimos orgullosos de que este imponente río nazca en nuestros Andes, pero no aprovechamos su enorme potencial.
Acerca del nombre del río existe división de opiniones. Para algunos, procede de la creencia de que en la región habitaban feroces guerreras, como en la mitología griega. Para otros, deriva del vocablo indígena amassona, que significa «barco destruido». También sobre su longitud hay discrepancias. Ciertos investigadores aseguran que el Nilo posee 6.695 kilómetros y el Amazonas, 6.275. Otros que el río africano alcanza 6.667 y el sudamericano, 6.762. Un mar de controversias.

Existe, asimismo, la idea de que en Iquitos los zancudos acechan. Nada más falso. También se cree que las loretanas son lujuriosas. En las calles limeñas uno recibe a veces volantes de prostíbulos con el rótulo de «Charapitas ardientes» como si prometieran el paraíso sexual. Es un prejuicio debido a que las iquiteñas visten con breves trajes por el clima tropical. ¿Existe prostitución en esa ciudad amazónica? Claro que sí, como en cualquier lugar.
Este mito, sin duda, fue alimentado por la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, llevada al cine por Francisco Lombardi con igual título en 1999. En la obra, el protagonista apenas llega al hotel desata su libido con su esposa. Tiene el encargo secreto de frenar el ímpetu de las tropas con prostitutas contratadas en secreto por el Ejército, pues las violaciones de los soldados a las jóvenes del lugar se multiplican. El colmo fue sorprender a un cabo haciendo vida marital con una mona. ¿La humedad tibia, el clima tropical y la exuberancia de la naturaleza elevan el apetito sexual? «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», afirma un importante militar en el libro.
Al llegar la noche, quise conocer el complejo deportivo del Colegio Nacional de Iquitos, donde cada fin de semana el conjunto de tecnocumbia Explosión ofrece animadísimos conciertos hasta las cuatro de la madrugada. Así, me confundí entre la multitud, que, llena de alegría, entonaba canciones que jamás había escuchado en Lima. Grupos de jóvenes formaban círculos en torno a una caja de cerveza, levantando sus vasos, gastando bromas o ensayando algunos pasos. Me acerqué a la primera fila para observar a bellas muchachas desplazarse, exageradamente maquilladas, en tangas y largas botas, en sensuales bailes arriba del estrado. Por ahí me percaté de la presencia de algunos turistas extranjeros, aunque ellos frecuentan más la discoteca más prestigiosa: el Noa.
A la mañana siguiente, en un motocarro (en Iquitos medio mundo se moviliza en este vehículo), partí al embarcadero, a un cuarto de hora de la Plaza de Armas. En el camino, descubrí que no existe calle donde no encuentre una palmera. Con una lancha alquilada, recorrí el río Nanay. Así, observé algunos caseríos como el de los boras. Algunas de sus mujeres, desnudas de la cintura para arriba, pedían con gestos que las visitáramos. Sin duda, muchos indígenas viven con tal atraso que se encuentran en la prehistoria. Tan penoso como eso fue ver barcas conducir lentamente cientos de maderas atadas en dirección a los aserraderos. ¿Y las pirañas? «Solo atacan ante la presencia de sangre», me explicaron. Por otro lado, la única anaconda que pude apreciar se hallaba, por fortuna, disecada en el Museo Municipal. Medía 8 metros.
A propósito de alimentos: aunque los platos loretanos nunca me atraparon, puedo recomendar la cecina, carne delgada, salada y seca al sol, que muchos acompañan con tacacho, elaborado con plátano. Una muestra de la abundancia de este fruto es su bajo precio. El pollo a la brasa con plátano, por ejemplo, cuesta cuatro soles y medio. En cambio, con papas fritas vale un sol más. En Belén, curioso barrio constituido por casas de madera sobre el Amazonas, vi que un racimo lo vendían a sol y medio.
La humilde condición de este lugar contrasta con lo que se vivió en la época del caucho (1880-1914), del que aún quedan testimonios arquitectónicos, como la Casa de Fierro. Se dice que este edificio ubicado en la Plaza de Armas fue diseñado por el famoso ingeniero francés Gustave Eiffel, el mismo creador del mayor símbolo parisino. Sin embargo, la construcción más hermosa de aquella época es el antiguo Hotel Palace, de tres pisos, con balcones, adornado en su fachada con azulejos sevillanos. En 1905, durante esa época dorada, la mitad de la población de Iquitos, entonces de diez mil habitantes, era del Viejo Continente, atraída por el exitoso comercio del látex. Aunque muchos de los inversionistas engrosaron sus fortunas, miles de indígenas fallecieron tras arrastrar vidas de esclavos, condiciones infrahumanas, sin la protección del Estado.

La marginación que sufren los loretanos hoy se evidencia hasta en su modo de hablar. Recuerdo que en la universidad una guapa amiga rechazó a un muchacho solo por su dejo charapa. Una estupidez. Pienso como muchos que uno de los factores del atraso económico de esta región es la falta de carreteras que comuniquen Iquitos con otras ciudades. Aparte de la vía aérea, la otra forma de llegar a la capital amazónica es por transporte fluvial, aunque no es tan sencillo: navegar desde el puerto La Hoyada, Pucallpa, uno se tarda cuatro días.
Terminada la visita, camino al aeropuerto, se desató una lluvia torrencial. Empapado, desde el avión, todo se veía oscuro. La selva se aprestaba a dormir.

2005




* Publicado como «En el inquietante océano verde», en el diario Pro & Contra, Iquitos, 22 de abril de 2005, página 8.