27 de octubre de 2014

De ratones y hombres (1937) | John Steinbeck

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El rancho de los sueños rotos
De ratones y hombres (1937) | John Steinbeck


De ratones y hombres (Of Mice and Men, 1937), del estadounidense John Steinbeck, conmueve por tratar con crudo realismo la vida dura de gente sencilla durante la Gran Depresión, la grave crisis económica de la década de 1930.
Después de errar por diversos pueblos de California, Estados Unidos, Lennie Small y George Milton consiguen empleo en un rancho cerca de Soledad. Deben cargar sacos de cebada a cambio de 50 dólares mensuales, comida y cama en un barracón. En esta hacienda ambos amigos conocen al negro Crooks, cuya espalda se encuentra torcida porque un caballo lo coceó y a quien se le prohíbe entrar al barracón por su color de piel, y al viejo Candy, el barrendero, que se siente inútil desde que perdió una mano hace cuatro años.
En esas circunstancias, Lennie y George acarician la idea de tener una granja para vivir juntos y sostenerse con lo que producirían. El viejo Candy se ilusiona también con ese proyecto y quiere unírseles. Sin embargo, es complicado salir de la situación en la que subsisten.
El negro Crooks los desalienta: «He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás».
¿Será posible alcanzar el sueño? ¿Qué hace la mayoría de los trabajadores con el poco dinero que reciben? Se lo gastan en whisky, en el burdel, en las cartas o en los dados. Así, no progresan, no salen del hoyo.
La bella esposa de Curley, hijo del patrón, tiene también una ilusión. Cree que podría ser actriz de teatro. Además, un tipo le dijo que podía introducirla en el mundo del cine. Pero la realidad es otra: vive en una hacienda rodeada de hombres que trabajan como bestias.
En ese ambiente la tragedia ronda. El fortachón Lennie Small (cuyo apellido en inglés, ‘pequeño’, contrasta con su físico) viene de escapar de un linchamiento en Weed, donde una joven lo acusó de violación, cuando él solo quería seguir acariciando su suave vestido.
A este grandulón con mente de niño le gusta jugar con ratones, pero su torpeza hace que siempre los mate sin querer. Un cachorrito del rancho al que llega con George es otra de sus víctimas de su diversión.
«Si [el patrón] descubre lo imbécil que eres, no nos va a dar trabajo, pero si te ve trabajar antes de oírte hablar, estamos contratados. ¿Lo has entendido?», le advierte George en cierto momento, quien sin duda lo pasaría mejor si viajara solo.
Al conocer a la esposa de Curley, George le advierte a Lennie que debe evitarla: «Las he conocido peligrosas, pero jamás he visto veneno como esta. Es un cebo para la cárcel. Déjala tranquila». En otro momento, el intuitivo George señala: «Va a haber un tremendo lío por culpa de ella. Esa mujer es como un revólver con el gatillo listo». Temeroso, Lennie quiere irse de ahí, pero George lo detiene porque necesitan trabajar.
Con estos ingredientes, está cantado que habrá muerte. ¿Cómo? El lector tiene la tarea de llegar al final, de disfrutar de un magnífico libro que brilla por su crítica social, su sencillez en el lenguaje y en su estructura lineal. De ratones y hombres rápidamente alcanzó la fama como un clásico sin discusión.

John Steinbeck.


La frase: «No se necesitan sesos para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno» (De ratones y hombres, John Steinbeck).

23 de octubre de 2014

Rebelión en la granja (1945) | George Orwell

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Contra la tiranía
Rebelión en la granja (1945) | George Orwell



El camarada Iósif Stalin luchó a inicios del siglo XX contra las injusticias de la Rusia zarista al lado de los bolcheviques. Más tarde, participó en la revolución de 1917, que lideró Vladímir Lenin y que derrocó el gobierno provisional de Aleksandr Kérenski. Al año siguiente, en el diario Pravda, afirmó que León Trotski fue uno de los artífices del triunfo, pero con el poder en sus manos, en 1929, lo expulsó con falsas acusaciones, por ser su principal opositor.
Como muestra del culto a la personalidad, en 1925, cambió el nombre de la ciudad de Volgogrado por el de Stalingrado. Durante su régimen, Stalin impulsó con fuerza la industrialización y la colectivización de la agricultura. Para superar periodos de profunda crisis, la población hizo grandes sacrificios. Poco a poco, el país se volvió potencia, pero una de las cosas que criticó años antes se hizo parte de su gobierno: la represión. En la década de 1930 mandó a asesinar a cientos de miles de opositores e inocentes a quienes acusó de querer complotar contra él, etapa llamada la Gran Purga.
Días antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), tuvo buenos tratos con Adolf Hitler, pero este lo atacó sorpresivamente meses después. Sin embargo, Stalin se sobrepuso y venció a la Alemania nazi, aunque a costa de más de 25 millones de víctimas.
Estos hechos históricos fueron tomados en cuenta por el británico George Orwell, un socialista democrático, para escribir su relato Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945). En un giro genial, el autor emplea como personajes a animales en vez de seres humanos. Los cerdos Viejo Mayor («de aspecto sabio y bonachón»), Napoleón (de apariencia «feroz») y Snowball («de carácter débil») son fácilmente identificables con Lenin, Stalin y Trotski.
«Los seres humanos nos arrebatan casi todo el fruto de nuestro trabajo», dice Viejo Mayor a los animales de la descuidada granja del señor Jones. (Sin duda, Orwell alude al régimen zarista). «En la lucha contra el Hombre —advierte el cerdo—, no debemos llegar a parecernos a él. Aun cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios». Sin embargo, como la historia muestra en repetidas oportunidades, el poder corrompe.
Tras la rebelión, los siete mandamientos que establecieron Napoleón y Snowball fueron transformados con el tiempo según las conveniencias particulares. La tiranía del primer cerdo se impuso con el apoyo de perros feroces y gruñones. La vida se volvió para el resto solo «hambre y trabajo», con libertades recortadas. Además, se instaló un régimen de terror con confesiones y ejecuciones que recuerda a la Gran Purga.
Otro modo del mal uso del poder es la manipulación de la historia. Los hechos se tergiversan según las ventajas que se puedan sacar. La persuasión juega aquí un rol importante para hipnotizar al auditorio. Sin reacción, las cosas empeoran. Hay que tener en cuenta que todo elemento cuando ya no es útil se desecha, así se haya entregado por completo a la causa, como el caballo Boxer.
Esta sátira sencilla va más allá de un rechazo a la tiranía estalinista. Con un lenguaje directo y de carácter universal, pues su público comprende desde un niño, esta parábola critica todo tipo de totalitarismos. Escrita de noviembre de 1943 a febrero de 1944, el original de Rebelión en la granja fue rechazado por cuatro editoriales que no querían incomodar a la Unión Soviética, aliado del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Orwell defendió su obra y vio al fin su publicación en 1945, hoy una de las novelas breves cumbres de la literatura.

George Orwell.

La frase: «La vida de un animal es solo miseria y esclavitud» (Rebelión en la granja, George Orwell).

9 de octubre de 2014

Crónica de una muerte anunciada (1981) | Gabriel García Márquez

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Un asunto de honor
Crónica de una muerte anunciada | Gabriel García Márquez


«Volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria», dice el narrador anónimo de Crónica de una muerte anunciada (1981), novela Gabriel García Márquez, obra que reconstruye un crimen absurdo ocurrido hace casi tres décadas.
Con un espíritu de reportero, el narrador se vale de entrevistas a diversas personas, frases de un expediente judicial y su propio recuerdo, pues fue amigo de infancia y adolescencia de Santiago Nasar, la víctima. Hay que apuntar que era, asimismo, primo remoto de los Vicario, los asesinos. Es decir, tenemos un testigo de excepción.
El narrador sabe bien que a veces una conversación es insuficiente. «Me confesó en una visita posterior, cuando ya su madre había muerto», señala acerca de sus indagaciones. A veces de un largo interrogatorio consigna una frase. No abunda en reiteraciones. En resumen, el relato es producto de un impresionante poder de concisión.
Desde la primera línea, un inicio sugerente, se sabe que el protagonista será asesinado («El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana»). ¿Por qué lo querían asesinar? ¿Quién o quiénes deseaban su muerte? ¿Cómo ocurrió el crimen? Las respuestas las tendrá el lector a medida que avanza, en un camino sembrado de abundante información.
El primer párrafo anuncia, además, un manejo despiadado de los tiempos. Del presente pasa a las 5.30 del día de la muerte, de ahí menciona lo que soñó poco antes Santiago Nasar e inmediatamente lo que le contó 27 años después la madre de este al narrador. Así se edifica esta historia, compuesta por cinco secciones desprovistas de título.
¿Dónde se encontraba el narrador durante el crimen? En un burdel, con María Alejandrina Cervantes, «la más servicial en la cama». Visitar el prostíbulo del pueblo era visto como algo casi natural. El machismo es evidente en la sociedad del lugar. En este contexto, Divina Flor, hija de una cocinera, «se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar». El mayor ejemplo de esta tara enquistada en América Latina es que Bayardo San Román, horas después de casarse, rechaza a la bella Ángela Vicario por no ser virgen. Una frase de la madre de esta acerca de sus hijas es muy ilustrativa también: «Son perfectas. Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir».
La hipérbole, marca registrada de García Márquez y del realismo mágico, se expresa en los gastos de la boda de Bayardo San Román. Un caso: «Se consumieron 205 cajas de alcoholes de contrabando y casi 2.000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la muchedumbre». Del mismo modo, es llamativo que muchas cosas pudieron evitar el crimen, pero no lo consiguieron, como la nota enviada a la casa de Santiago Nasar en la que le avisan que lo esperan para matarlo.
El crimen mismo parece parte de un espectáculo: «Todo lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público. La gente que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen».
Como un gesto simpático queda la mención cariñosa a Mercedes Barcha, esposa en la vida real del autor, quien no oculta algunos nombres de su familia en la novela. Otro ejemplo de enlazar algo es cuando señala que el padre de Bayardo San Román fue un general que se enfrentó al coronel Aureliano Buendía, el protagonista de Cien años de soledad (1967), obra del propio García Márquez.
El argumento se basa en un hecho real ocurrido en 1951, en la región Caribe de Colombia. Las descripciones son precisas y el estilo, impecable; salvo unos defectillos, como un pleonasmo: «me dijeron a mí». Un argumento magnífico, contado de una manera genial. Bien puede aplicarse aquí una frase atribuida al ruso León Tolstói: «Pinta tu aldea y serás universal».

Gabriel García Márquez.

La frase: «Ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía» (Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez).

29 de septiembre de 2014

Entrevista a César Hildebrandt




César Hildebrandt, hasta hace unas semanas conductor de un programa en radio San Borja, hoy escribe sin prisas sus memorias y una serie de biografías apócrifas. En la conversación que sigue habla de su relación difícil con personajes importantes de la cultura nacional. 

Usted interrumpió sus estudios de Educación en la especialidad de lengua y literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal en 1968. ¿Entonces no tenía una vocación definida?
—Me convencí de que no iba a tener ni la paciencia ni la generosidad como para ser educador. Y me convencí, además, de que iba a ser un maleducado crónico. Me convencí de la impostura y, la verdad, también me convencí de la medianía casi homicida de la Villarreal. Así que salí corriendo.
Estudió la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado. ¿Le dejó alguna huella su paso por esta institución? La disciplina, quizá.
—La resistencia pasiva, porque imaginar cómo vadear esa disciplina era parte del encanto. También me enseñó muchas cosas tradicionalmente buenas porque tenía un profesorado excelente.
Trabajó nueve años en la revista Caretas, de 1971 a 1980. Fruto de esta experiencia es Cambio de palabras (1982), que reúne sus mejores entrevistas. ¿Por qué no se anima a reeditarlo?
—Porque probablemente los derechos los tenemos compartidos Mosca Azul y yo. Guardo un escrupuloso silencio en relación con el señor [Abelardo] Oquendo, silencio que además es recíproco. Se me hace muy difícil plantearle la reedición del libro, pero no está mal la idea. Se la tomo.
¿Hay alguna posibilidad de llevar al libro algunas entrevistas realizadas para la televisión? Recuerdo gratamente una: al tenor español Alfredo Kraus.
—No, no hay ninguna posibilidad. La entrevista televisiva tiene por completo otro linaje, otra textura. La entrevista escrita está muchas veces dulcemente deformada por la edición.
Ha confesado que Alfonso Tealdo, exconductor del programa Pulso, es su maestro en la entrevista. ¿Qué tipo de enseñanza recibió de este periodista que falleció en malas condiciones y que inventó las preguntas impertinentes en la televisión peruana?
—Lo que aprendí de él fue a rabiar con método. Yo rabio, luego existo. Alfonso era un hombre que combinaba perfectamente la inteligencia con la indignación. Efectivamente, él introdujo la impertinencia en la televisión, la inventó, la patentó y fue pagado por el sistema como el sistema suele pagar a los mejores, en el absoluto abandono, en manos de Genaro Delgado Parker.
Hay un aspecto poco conocido de su biografía: trabajó durante la dictadura de Juan Velasco Alvarado en las oficinas gubernamentales de la Comisión Nacional de Propiedad Social (Conaps). ¿Cuál fue su papel? Mario Vargas Llosa lo califica en sus memorias de ingenuo por desempeñar esa labor.
—Prefiero ser ingenuo que avezado. No solo recuerdo con cariño esa labor, sino me da una gran lástima que no haya en el Perú una empresa de trabajadores. Yo era jefe de Comunicaciones de la Conaps. Se trataba de fomentar la creación de empresas de trabajadores y no eran cooperativas, sino empresas cuyo accionariado estaba encarnado en los trabajadores. Entonces era un experimento yugoslavo, titoísta, utópico, efectivamente iluso en cierto sentido; pero es que en el Perú no tener ilusión es suicidarse.
Ha tenido programas televisivos, algunos muy exitosos, en los canales 2, 4, 5, 9 y 13, en democracia y dictadura. ¿Qué función ha tenido la censura en la cancelación de estos proyectos?
—Protagónica. Jamás me he ido de la televisión por mi cuenta. Siempre me han echado. La primera vez porque entrevisté a Yasser Arafat y la comunidad judía ejerció una enorme presión para que yo fuera echado. Eso fue en mi programa Testimonio. Y la última vez porque entrevisté civilizadamente a Ollanta Humala cuando lo que se quería era que me convirtiera en una suerte de Drácula improvisado y saltara a la yugular de Humala. En medio ha habido casos extraordinarios, como cuando me sacaron del aire y reemplazaron mi programa por uno de corte cómico llamado Los detectilocos. Me quedé esperando el regreso de comerciales como un perfecto estúpido, hasta que me di cuenta de que estaba despedido. Y eso fue porque Sonia Goldenberg hizo un reportaje que difundí a pesar de las advertencias respecto a la corrupción de la Policía. El otro caso clamoroso es cuando Ricardo Uceda, reportero de mi programa, localizó en Panamá al «Comandante Camión», al señor Artaza. Fui advertido de que si sacaba eso salía del programa. Me lo dijo Mendel Winter. Y entonces decidí sacarlo, y ellos me sacaron a mí.
¿Hay alguna diferencia entre la censura en democracia y en dictadura?
—Déjeme decirle, seguramente será una novedad para algunos, ninguna. Con Fujimori había menos dictadura del capital que hoy día en la televisión, aunque usted no lo crea. Hoy día la televisión se ha convertido, hasta el momento y por lo que vemos, en un absoluto y dócil parlante de la clase dominante y del poder económico. Con Fujimori había matices, fisuras y grietas, por los cuales podía introducirse una cierta dosis de libertad. Nunca el sistema ha estado tan magistralmente cerrado.
Mencionó a dos reporteros que trabajaron bajo su dirección. Otros célebres son Rossana Cueva, Juliana Oxenford, Fernando Ampuero, Beto Ortiz, Nicolás Lúcar. ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—Pero por qué no ha mencionado a Cecilia Valenzuela.
Sin duda, Cecilia Valenzuela... ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—La pasta de un reportero: audacia, ganas, talento, vocación por el riesgo..., ganas de joder. Sin ganas de joder no hay periodismo. No hay, simplemente. Otros lo dicen elegantemente, pero en realidad es eso.
Usted entrevistó a Alfredo Bryce Echenique en 1972. Más tarde, en 1992, lo volvió a hacer, pero con el novelista en copas. En 2005 escribió que el autor de Un mundo para Julius (1970) es un «hombre de un solo libro que terminó escribiendo cuarenta». ¿Qué produjo ese distanciamiento entre ambos?
—Yo nunca estuve muy cerca de Alfredo Bryce. El hecho de que lo entrevistara cordialmente no significaba nada. Yo, en realidad, amé Un mundo para Julius, pero nunca pude leer con placer ninguno de sus otros libros. La mayoría de los cuales se me cayó después de la página 15 o 20 de las manos, con excepción de un pequeño relato que anda por ahí y que se llama Muerte de Sevilla en Madrid, que es la historia de una diarrea. Es un libro fantásticamente surrealista, extraordinariamente estrambótico. Salvo eso, para mí Alfredo no escribió otra cosa importante. Lo de las copas, perdóneme, no fue mi responsabilidad. Lo invito a la televisión. Él llega en copas. Le digo que por favor no salgamos, le digo que no grabemos, le suplico que lo hagamos otro día. Insiste, insiste e insiste hasta la inmolación. Y, claro, qué podía hacer yo. Pero no fue una cosa premeditada. Yo no soy una persona que emborracha a sus invitados para lucirse. Dicho sea de paso, Alfredo Bryce nunca estuvo más lúcido que esa noche. (Risas).
A Vargas Llosa también lo entrevistó en innumerables ocasiones. En El pez en el agua, el novelista dice acerca de usted: «Magnífico periodista, sabueso tenaz, investigador acucioso e incansable, bastante más culto que el promedio de sus colegas y valiente hasta la temeridad». ¿Qué ocurrió para que esa amistad se quebrara?
—Varias cosas. Básicamente, creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno. Ahora, a mí sí me parece lamentable que Mario se haya comprado la idea de los neocoms, de que el mundo es mejor tal como está ahora y que vamos al progreso y que la aldea global es una especie de destino manifiesto y multitudinario. No creo para nada eso. En todo caso, la derechización de Mario es un derecho, un derecho que él ha ejercitado, y la molestia de quienes lo queremos y lo admiramos es también otro derecho. Estoy molesto con Mario Vargas Llosa colaborador de El País, pero como novelista no puedo discutir que es una cima casi irrepetible en el Perú, sinceramente.
«No he perdido mi fe en el socialismo», escribió en 1981, en el prólogo de Cambio de palabras. ¿Qué sucedió para que nueve años después apoyara al Fredemo, agrupación considerada de derecha?
—Es una buena pregunta. Ni Bedoya Reyes ni Fernando Belaunde fueron objeto de mi admiración y no lo serán nunca. Apoyé a Vargas Llosa porque creo que su honestidad encrespada le hubiera hecho mucho bien al país. Un conservador decente le hubiera hecho mucho bien al país. Ahora, luego viene Fujimori, claro, y es fácil decir que, frente a Fujimori, Vargas Llosa era la alternativa correcta. No voy a decir eso, porque eso sería fácil y desmemoriado. Aposté por Vargas Llosa cuando Fujimori no existía en las encuestas. Yo sí creía que la decencia en el poder iba a funcionar como desratizadora e insecticida. Hace muchos años, oiga usted, que la decencia y la política se han divorciado en el Perú. La decencia, en el sentido más estricto de la palabra, y, si usted quiere, en el sentido más escolar, más normativo. No me arrepiento, por lo tanto. Admito que en mi hoja de vida esto aparece como una contradicción, desde luego que sí.
Con el escritor y periodista Fernando Ampuero mantiene también una conflictiva relación, de la cual es producto el libro El enano (2001). ¿A qué atribuye ese pleito constante?
—Es un pleito que lo considero una letra vencida ya. No pretendo reavivarlo. Me parece penoso, lamentable. Ha sido una manera impúdica de ventilar diferencias que nacieron de cosas muy menores. Recuerdo que cuando yo era jefe de Informaciones de Caretas un día se me acercó Fernando Ampuero y me dijo que leyera su libro Miraflores Melody (1974). Un día lo hice, todo lo que pude, y abiertamente lo rechacé desde el punto de vista estrictamente literario, estético. Recuerdo a un Ampuero urgido de que yo le diera una opinión. Y yo no quería darle mi opinión porque era innecesaria. Además, hubiera sido cruel, pues él era un redactor y yo, su jefe. Nunca se la di. Nuestras diferencias nacieron de esas cosas, absurdas, nimiedades que después se han convertido en monumentos a la cólera, bustos al extravío. Es absurdo. Pero considero que esto ya está superado. No le voy a dar combustible a una hoguera tan diminuta.
Algunos han criticado que con los hermanos Lupe y Fernando Zevallos, exdueños de la línea aérea peruana Aerocontinente, en prisión este último acusado de narcotráfico, no fue tan duro en sus entrevistas. ¿Qué respuesta tiene?
—Eso lo dicen los estúpidos que nunca, probablemente, vieron una entrevista. Lo que pasa es que yo tenía algunas primicias porque mi secretaria, Ilse Yzaga, era muy amiga de Lupe Zevallos y a través de ella las conseguíamos, pero mi distancia respecto del narcotráfico creo que no necesito remacharla. Hay algunos consumidores que son grandes luchadores públicos en contra del narcotráfico. Yo lucho contra el narcotráfico y, además, no consumo, cosa que usted en el gremio no encontrará fácilmente.
En una entrevista de mayo de 2007, dijo a la revista Caretas: «No hay ninguna relación con La Primera. Ese diario lo ha comprado Martín Belaúnde, un hombre muy próximo a Ollanta Humala. [...] No soy humalista ni reservista». ¿Qué lo motivó a aceptar escribir en ese diario?
—Conversar con Arturo Belaunde y convencerme de que me daba un espacio absolutamente libre, libertino. Soy —digamos— un ácrata en La Primera, que es un diario al que tengo que agradecerle la acogida porque es el último refugio de un hombre que ha perdido continuidad, todas sus tribunas. Me queda La Primera y, como no hay primera sin segunda, espero que me quede otra cosa. Mi consuelo parece un valsecito, pero así es.
En un artículo publicado en Perú.21, Beto Ortiz escribe: «No insistas más. Claudica. Ríndete. Es inútil. Escribes hasta el culo». ¿Qué le respondería al hoy conductor de Enemigos íntimos y exreportero suyo?
—Nada.
En tiempos universitarios publicó poemas, en 1985 obtuvo el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras y en 1994 publicó la novela Memorias del abismo. Alguna vez dijo: «Nunca más publicaré sin estar satisfecho». ¿Por qué no se siente escritor de ficción?
—Porque no me he atrevido, porque no lo he hecho, porque me he dedicado más al periodismo. Soy un secuestrado del periodismo y porque, para sentirse novelista, hay que escribir novelas, en plural, y hacerlo bien, dedicarse a ello casi de un modo excluyente. Soy un consumidor de novelas, pero no me siento un novelista, lo cual no significa que no lo intente otra vez. Cuando gané el Cuento de las Mil Palabras supuse que escribiría muchos otros cuentos, pero no me dio la gana, porque me dije: «¿Y ahora qué vas a demostrar? ¿Que esto no fue chiripa, que esto no fue casualidad, y ante quién, quiénes? ¿Qué jurado invisible y exigente te demanda algo así?». Entonces, me sentí olímpico y mandé al carajo todo. Odio las performances. Odio este tipo de metas de productividad. Si escribes un buen cuento y ganas un premio, tu destino es ser cuentista. No, mi destino es no ser cuentista. Prefiero mil veces el periodismo. Para mí, el periodismo es algo importante. Sé que esto suena completamente anacrónico, porque el periodismo es ahora la quinta rueda del coche.
Por último, hace más de un año anunció la publicación de sus memorias para la Editorial Planeta. ¿Por qué la demora?
—Cuando llegué a la página 100, me di cuenta de que no iba a cumplir con el plazo y de que eran memorias que estaban gobernándome. Entonces me dije que esto no es para hacerlo ahora. Además, mis memorias no pueden ser las de un hombre que pasó más de 20 años en la televisión. Me he dedicado a escribir con suma lentitud, espero que con alguna gracia, memorias de verdad, que abarquen no solo la televisión, sino el entorno de esta. Algún día saldrá. Por otro lado, escribo biografías apócrifas, inventadas. En total, 20 personajes. Ya tengo unas 80 páginas. Me ha pasado algo sorprendente: me he dado cuenta de que la mayor parte de las biografías en el Perú son apócrifas sin decirlo, porque aquí el arte de la impostura es el que más se cultiva. Yo voy a ser lo que no soy. Desde el punto de vista filosófico, este es un país excepcional, casi nadie es lo que es. Es impresionante. El libertador que no fue libertador. El héroe que no lo fue. El escritor que en realidad es un estreñidísimo grafómano. El poeta que escribe cosas que parecen traducciones de aficionado de poesía húngara. El catedrático que no tiene nada que enseñar. El periodista mermelero. El dueño de periódico que pregona la ética, pero no paga deudas. (Risas). El dueño de un canal de televisión que tiene un programa donde cada domingo encara, confronta y condena, pero que le debe a la Sunat 50 millones de soles. Es extraordinario. Este no es un país. En realidad, es una novela.

2008

* Publicado como «El Perú es una novela», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 31 de agosto de 2008, páginas 4-6.

17 de agosto de 2014

Sobre «Batman: la serie animada» (1992-1995)

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Guardián nocturno
Batman: la serie animada (Batman: The Animated Series, 1992-1995)



Algunos de los 85 episodios de Batman: la serie animada (Batman: The Animated Series, 1992-1995) son magníficas muestras de ingenio del dibujo animado para la televisión. Como ejemplos notables aquí el comentario de cuatro historias.

1. «Dos Caras» («Two-Face», 25 y 28 de setiembre de 1992). A veces no son necesarios los 22 minutos de cada episodio, pues se recurre a dos partes, como aquí. La historia se centra en la vida del fiscal del distrito Harvey Dent, atormentado por su doble personalidad, aliado de Batman y del comisionado James Gordon hasta que un día sufrió un accidente que le desfiguró la mitad del rostro, la parte izquierda. 
Desde que se volvió villano, viste con terno de dos colores (una mitad blanca y la otra negra) y decide actuar bien o mal según le dicta el lanzamiento de una moneda. Este relato deja algunos aspectos significativos. En los minutos iniciales ciertos malhechores prefieren a la Policía que recibir las golpizas de Batman. Es un momento cómico, de los pocos que tiene la serie. 
Otro asunto interesante es enterarnos de que el mafioso Rupert Thorne corrompe autoridades para continuar con sus actividades ilícitas. «Todo hombre oculta algo», dice este en un momento y, por ello, busca el chantaje. También se observa parte de la arquitectura de Ciudad Gótica (Gotham City en el original en inglés), cuyos rascacielos, puentes y calles se asemejan a Nueva York. De paso notamos que gran parte transcurre en la noche, con lluvias y rayos en momentos difíciles. 
En un pasaje se reproduce una pesadilla de Bruce Wayne, en la cual su padre, al lado de su madre, le dice: «¿Por qué no pudiste salvarnos, hijo?». Este es uno de los temas recurrentes de la serie: el asesinato de los progenitores de Bruce por unos delincuentes.

Episodio «Two-Face».

2. «Quizá soñar» («Perchance to Dream», 19 de octubre de 1992). Nuevamente presenciamos el sentido de culpa del protagonista, su conflicto interno. Así, después de despertar de una pesadilla, el multimillonario empresario Bruce Wayne (Bruno Díaz en la traducción al castellanopregunta a Alfred Pennyworth, su mayordomo, por su compañero en la lucha contra el crimen: Robin. 
Poco a poco se entera de que no tiene nada que ver con Batman, la baticueva o cualquier cosa relacionada con el superhéroe. Para su sorpresa, sus padres se encuentran vivos y está comprometido en matrimonio con Selina Kyle (Gatúbela). Después de recibir la visita de esta, observa al Hombre Murciélago en acción, enfrentándose a unos ladrones de joyas. ¿Qué ocurrió para que Bruce Wayne no sea Batman?

Episodio «Perchance to Dream».


3. «Casi lo atrapo» («Almost Got ’Im», 10 de noviembre de 1992). Sin duda, el episodio más brillante de toda la serie animada. Tenemos aquí a cinco de los villanos más conocidos de Ciudad Gótica reunidos en un bar: el Guasón, Dos Caras, el Pingüino, Hiedra Venenosa y Killer Croc, cuya piel se parece a la de un cocodrilo. Ellos cuentan las veces que estuvieron a punto de acabar con Batman. 
Los giros que da la historia son magistrales. Sorpresa tras sorpresa, uno no quiere que el relato termine. En un pasaje, el Pingüino dice: «Has mordido la carnada como lo había planeado. Ahora, prepárate para tu fin dentro de mi refugio de aves». Este es un cliché, algo que se repite en muchas ocasiones: el enemigo explica lo que pretende hacer antes de asestar el golpe final, lo cual nunca ocurre. 
En este episodio aparecen también las esbeltas Poison Ivy y Harley Quinn. Una galería de personajes con un gran guion. Imperdible.

Episodio «Almost Got ’Im».


4. «La venganza de Robin» («Robin’s Reckoning», 7 de febrero de 1993 y 14 de febrero de 1993). La primera parte de esta historia se basa en un cómic de 1940. Es la historia de Dick Grayson (Ricardo Tapia), más tarde convertido en Robin. 
Los padres del Chico Maravilla ­—como este— eran trapecistas de circo, hasta que fallecieron en un accidente provocado por el facineroso Tony Zucco, accidente que el filántropo Bruce Wayne presenció como parte del público. Con la protección de este, afortunadamente, Dick recibirá una esmerada educación. 
Un asunto que llama la atención es ver a Batman ingresar a una casa sin llamar a la puerta para interrogar con amenazas. Su actuar se encuentra muchas veces al margen de la ley. ¿El fin justifica los medios?

Episodio «Robin’s Reckoning».

Batman: la máscara del fantasma (Batman: Mask of the Phantasm, 1993). Tras el éxito de las dos primeras temporadas, se estrenó para el cine este largometraje de 76 minutos dirigido por Eric Radomski y Bruce Timm, creadores de la serie animada. Es un proyecto nacido de otro, es decir, es un spin-off
Al inicio del film algunos piensan que Batman es el culpable de la muerte de un mafioso y es buscado por ello por la Policía. Poco después vemos la mansión de Bruce Wayne, quien ofrece una fiesta en la que Andrea Beaumont, antigua novia, le dice a las chicas que rodean al millonario: «Te hace creer que eres la única en quien está interesado. Y cuando estás pensando dónde comprar la vajilla, se olvida tu número de teléfono. Ese es su estilo». 
En otro momento observamos en una habitación a Bruce, quien contempla el retrato de sus padres y recuerda a Andrea. Poco a poco nos enteramos cómo fue él antes de convertirse en Batman. Una novedad es ver al millonario sufrir de amor por una mujer. 
Paralelamente, vemos el «presente», en el que otro mafioso busca al estrafalario Guasón para ofrecerle millones de dólares si asesina a Batman. Muy recomendable.

Largometraje Batman: Mask of the Phantasm.

De los 24 episodios de Las nuevas aventuras de Batman (The New Batman Adventures, 1997-1999), continuación de la serie anterior, rescatamos dos magníficas historias:

1. «Al borde» («Over the Edge», 23 de mayo de 1998). El inicio es trepidante: Batman y el nuevo Robin (cuya verdadera identidad es Tim Drake) son perseguidos por el comisionado Gordon en la baticueva con varios agentes, enterado de su verdadera identidad. Este dice en un pasaje a Bruno Díaz: «Fui un tonto al permitirte seguir tu cruzada. Un psicótico jugando al héroe enmascarado». 
¿Qué sucederá con el superhéroe? No hay que perderse este episodio en el que aparecen también Batichica y Dick Grayson (convertido en Ala Nocturna, Nightwing).


Episodio «Over the Edge».

2. «Amor loco» («Mad Love», 16 de enero de 1999). Esta historia se basa en un cómic de 1994, el cual se centra en Harley Quinn, psiquiatra que investigaba en el asilo Arkham, sanatorio para villanos con problemas mentales donde conoce al Guasón (Joker).  Al referirse a este maniaco de risa estruendosa, en cierto momento confiesa estar «enamorada de un payaso psicópata». 
Para obtener su aprecio, se vuelve delincuente, aunque el excéntrico villano la maltrata. Este le comenta en un pasaje: «La muerte de Batman debe ser una maestra. El triunfo de mi genio cómico sobre su ridícula máscara». No debe morir de un burdo disparo como propone ella. Sin embargo, Batman le dirá al Guasón: «Ella se acercó más de lo que tú has podido, pastelito».

Episodio «Mad Love».


La frase: «La venganza oscurece el alma» (Batman: la máscara del fantasma).